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Amores de una Noche
L
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a fiesta avanzaba, la música sonaba muy fuerte
y retumbaba en mi cabeza, ver a José tan feliz en su mundo me alegraba sin
embargo no me sentía muy a gusto, quizás el cansancio me pasaba la cuenta, José
me miro y dijo.
- ¿Qué te pasa?
- Nada respondí.
- ¿Estás aburrido?
- No, solo un poco cansado.
- Entonces nos vamos.
- Nada respondí.
- ¿Estás aburrido?
- No, solo un poco cansado.
- Entonces nos vamos.
Paso
a despedirse de todos y sentí como muchos de ellos me fulminaban con sus
miradas, no obstante el me tomo de la mano y dijo nos vamos, apartándome de
todos ellos.
- ¿Dónde iremos?
- Conozco un
lugar donde podremos estar tranquilos y solos.
Nos salimos del local y caminamos en
dirección norte de la ciudad, a su lado me sentía seguro, solo lo seguí y
espere que me llevara donde él sabía. De pronto se detuvo fuera de una casa (al
menos para mí lo era).
- Bueno,
ya llegamos.
- ¿Dónde
estamos?
-
Tranquilo, todo estará bien.
Entramos y nos atendió una mujer morena de
pelo crespo, no muy agraciada, cuando José la saludo nos quedó mirando un momento
y abrió la boca para decir algo, sin embargo algo la detuvo y la cerró,
simplemente se limitó a ponerse de pie y nos dirigió a una habitación.
Inmediatamente me di cuenta que José tenía todo arreglado.
La habitación no era para nada lujosa,
pero si era muy acogedora, a cada lado de la cama habían dos veladores, en cada
uno de ellos se encontraba un cenicero, en una esquina había un mueble y al
lado de este dos colgadores, al entrar me tumbe sobre la cama, el cansancio me
pasaba la cuenta, me descalce y me metí a la cama, José me siguió, una vez
juntos me abrazo y me beso en la frente, me volvió a repetir que me echaba de
menos y yo le sonreí, nos besamos apasionadamente, me apoyo en su regazo y me
dijo te quiero.
En
mi mente solo existía el paraíso, ya era el momento de entregarme a él, estaba
nervioso, mi cuerpo lo demostraba, no sabía cómo decirle lo que sentía en ese
momento o explicarle que ya me sentía preparado, sin embargo de mi bosa no
salieron palabras, con solo mirarlo a los ojos él pudo darse cuenta de que ya
había llegado la hora, yo seguía nervioso pero él sabía muy bien lo que hacía,
sus manos empezaron a desnudarme mientras que las mías torpes y necias solo le
acariciaban la mollera. No sé cuánto tiempo pasó pero ya ambos estábamos
desnudos, nuestros besos eran cada vez más intensos, José me miro a los ojos y
me preguntó;
- - ¿Estás seguro?
- - Sí respondí.
- - No quiero hacerte daño, quiero estar contigo el
resto de mi vida.
- - Te creo.
Sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo, sus besos ya no solo eran en mi boca, sino que en todo mi cuerpo, sentía sus labios rasando el lóbulo de mi oreja, sus dientes mordiendo mi mentón, su lengua recorría mi espalda, el nivel de excitación de mi cuerpo era tremendo, nuestra respiración era agitada, José tomo mis piernas y las levanto, comenzó a lubricarme, sus dedos dolían un poco, pero yo sabía que eran mis nervios los que complicaban aún más las cosas, cuando puso se sexo en la entrada del mío, me dio mucho miedo, pero confiaba en él, poco a poco lo fue introduciendo más y más, dolía mucho, le suplique que parara, él lo hizo y me pidió disculpas, le dije tranquilo, quiero que continúes pero no quiero que me duela, el retomo su tarea, esta vez dolía menos, lo sentí dentro mío, comenzó a moverse y todo el dolor fue placer, no sé cuánto tiempo estuvo así, hasta que me dijo voy a terminar, a esas alturas yo estaba sobre él y el acto termino, ambos acabamos en un éxtasis de placer, yo quede agotado me apoye en su pecho y me quede dormido.
En la mañana cuando desperté, aún seguía en el pecho de José, el me beso en la frente y me dijo, por fin despiertas dormilón, lo bese y le dije ahora soy tuyo. Él me dice hoy y siempre lo serás, siempre serás mi lobito regalón.
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